Creemos que el Dios Trino, que incluye a la persona del Espíritu Santo, mora en el creyente a partir del instante de su regeneración. (Juan 14:23. Efesios 1:13), de acuerdo a su promesa para estos postreros tiempos, habiendo sido salvo el Creyente puede experimentar la llenura o bautismo del Espíritu Santo, para equiparle a fin de serle testigo eficaz y que dicha llenura puede ocurrir en distintas ocasiones y que debe ser buscada constantemente, lo cual prorrumpirá en adoración a Dios con gozo inefable y glorioso.
Creemos que el buscar la llenura constante del Espíritu Santo le llevará a andar y vivir en el espíritu, lo cual traerá como consecuencia el hacer morir las obras de la carne y la manifestación del fruto del espíritu que implica una conformación al carácter de Jesucristo. Creemos en la actualidad de la operación de los Dones espirituales, los cuales deben ser procurados para la edificación personal del creyente y del cuerpo de Cristo, pero que éstos deben ser juzgados a la luz de las Sagradas Escrituras, por lo que toda práctica no conformada a las mismas deberá ser abandonada.
Creemos que la santificación es un proceso obrado por Dios en el creyente, a través del cual cada vez más abandonamos la vida de pecado y somos gradualmente transformados en la imagen del Hijo de Dios Creemos que la santificación producida por el Espíritu Santo y la fe es incompleta e imperfecta en esta vida, que en este proceso la esclavitud del pecado es rota, y los deseos pecaminosos son progresivamente debilitados, por el poder de la satisfacción superior en la Gloria de Cristo.
Creemos que la vida eterna es una promesa (1ª. Juan 2:25), por tanto a los que Él en su eterno y anticipado consejo predestinó, también llamó, justificó y glorificó (Romanos 8:29), por lo tanto nadie les puede arrebatar de su mano (Juan 10:27-28). Que dicha no depende de su propia capacidad, sino de la firmeza del decreto de elección. Este es una clara expresión del amor gratuito y firme de Dios el Padre, de la eficacia del mérito y la intercesión de Jesucristo, de la poderosa obra del Espíritu Santo morando en el creyente, de obra de la simiente de Divina sembrada en sus corazones. No obstante es responsabilidad del creyente ocuparse en de esta gran Salvación con temor y temblor, a fin de perseverar en la fe para alcanzar la salvación (1ª. Corintios 15:1-2), siguiendo la santidad sin la cual nadie verá al Señor (Hebreos 12:14), dependiendo en todo momento del poder de su Poder Omnipotente (Judas 24).